viernes, 2 de noviembre de 2012

La verdad de Roswell

                         Roswell Nuevo Mexico

      Un antes y un después en las creencias ufológicas



Han pasado 60 años del descubrimiento de "extraños objetos" cerca de la base aérea de Roswell, en Nuevo México, y que muchos creyeron que habían llegado los extraterrestres

Pero en los años siguientes, originaría toda una industria de la ciencia ficción mientras el ejército estadounidense sostenía que los objetos no eran más que los restos de un globo meteorológico del proyecto MOGUL, y los ufólogos y partidarios de las "teorías de conspiración", mantenian la idea de que eran restos de un platillo volador.

La verdadera leyenda de Roswell, sin embargo, no comenzó hasta la década de los 80, cuando una serie de libros hizo renacer el incidente de 1947.
Según esos libros, todo se trató de una "operación de encubrimiento", por eso a oficiales, periodistas locales y civiles, se les hizo callar

Entonces, en 1995, " reapareció" el más famoso de todos los artefactos de Roswell: una película en blanco y negro supuestamente de la autopsia del cuerpo de un E.T, retirado de entre los escombros.

El alienígena tenía una apariencia sospechosamente muy similar a la de los extraterrestres de las historias de ciencia ficción.
El hombre que aseguraba haber descubierto el filme, el empresario y productor británico Ray Santlli, más adelante reconoció que se trataba de una falsificación
Los ufólogos han sostenido durante años que una nave alienígena se estrelló cerca de Roswell en 1947, y que se recuperaron varios cadáveres de orígen extraterrestre, pero la versión oficial del gobierno de EE.UU, expresada en un informe definitivo de la USAF, es que " nada de naturaleza paranormal o extraterrestre ha ocurrido"

¿ Cuál es la verdad detrás del caso Roswell?

                                                             La Historia
                                                     

La historia del accidente de Roswell empezó el 2 de julio de 1947, cuando Mac Brazel, administrador del rancho Foster, situado entre Roswell y la ciudad de Corona, oyó una fuerte explosión en plena tormenta eléctrica.

A la mañana siguiente, él y su pequeño vecino, Dee Proctor, salieron a examinar los daños causados por la violenta tormenta de la noche anterior; no encontraron daños visibles en la granja, pero algo les llamo poderosamente la atención: alrededor de un kilómetro de longitud, el campo estaba sembrado con fragmentos de un material muy brillante, que cuando se doblaba, se volvía a enderezar espontáneamente.

También había trozos de lo que más tarde se vino a llamar las "viguetas en I", que tenían grabados unos extraños símbolos de color azul lavanda. Esas viguetas eran tan livianas como la madera  balsa y no podían romperse ni quemarse.


El 6 de junio, Brazel volvió al lugar, cargó los restos que pudo en su vieja camioneta y los entregó al sheriff de Roswell, quien a su vez los mostró al comandante Marcel. Éste los examinó y comentó que eran de un material muy extraño y totalmente diferente a lo conocido por él.
Como oficial de información de la única unidad de bombardeo atómico del mundo,la opinión de Marcel merecía cierta credibilidad. El jefe de la base de Roswell, William Blanchard, ordenó a Marcel y a Sheridan W. Cavitt, un oficial de contraespionaje, que acompañasen al ranchero hasta el lugar y recogiesen los restos.



La declaración de Marcel a los medios en un primer momento fué que: los restos estaban esparcidos sobre una superficie inmensa, no era de algo que se hubiese estrellado o hubiese estallado al chocar con el suelo; eran de algo que explotó mientras volaba a gran velocidad.
Mi opinión como entendido en aviación es que no era un globo meteorológico, ni un avión, ni un misil.

Los dos hombres cargaron en sus vehículos todos los trozos que pudieron, dejando una gran cantidad de ellos. En el viaje de regreso a Roswell, Marcel se detuvo en su casa para enseñar algunos de los restos a su esposa y a su hijo.
A la mañana siguiente, el coronel Blanchard ordenó que se aislase la zona. Envió un grupo de soldados y policías militares al rancho, y se procedió a una búsqueda minuciosa por toda la zona. De vuelta a Roswell, el teniente Haut, el oficial de prensa, anunció la captura de un plato volador. La noticia fue difundida por la radio local y apareció en las ediciones vespertinas de los periódicos de la zona.

La fuerza Aérea recupera un plato volador estrellado en un rancho en la región de Roswell


Mientras tanto, el comandante Marcel recibió orden de embarcar los restos del presunto platillo volador en un B-29 y trasladarse con ellos a Wright Field (actual base de Wright-Patterson), en Ohio, haciendo escala en el cuartel general de la 8a. Fuerza Aérea, en Fort Worth (Texas).
Al mismo tiempo, en Washington, el jefe del Mando Aéreo Estratégico había tenido noticia del caso y se había puesto en contacto con el jefe de Estado Mayor de Fort Worth, al que encargó que inventase una historia alternativa y que dejase la gestión del incidente en manos del general Roger Ramey, el jefe de esa base.

Cuando Marcel aterrizó en Fort Worth, Ramey le dijo que no comentase nada, que él se hacía cargo del asunto. Irving Newton, el meteorólogo de la base, llevó al lugar de los hechos unos trozos de un globo meteorológico y de un reflector de radar, hecho de hoja de aluminio y varillas de madera. Marcel posó con esos restos falsos y se dijo a la prensa que se había cometido un error, que no era un platillo volador, sino un reflector de radar. La nueva versión de la historia fue emitida a las 17 horas, demasiado tarde para los periódicos, excepto para la última edición de Los Ángeles Herald Express.

 El subtítulo decía "El general cree que se trata de los fragmentos de un radar meteorológico".

La limpieza del rancho Foster y sus alrededores duró aproximadamente una semana. Mac Brazel, en sus primeras declaraciones había dicho a la prensa haber visto en los restos de la nave siniestrada, varios cuerpos de pequeños seres con aspecto humanoide. A partir de ese momento se sintió amenazado y decidió permanecer callado por miedo a las represalias del gobierno, cuyos agentes le instaban a decir que no había visto nada.

La técnica aplicada en el caso de Mac fue directa e ilegal: fue llevado en custodia, durante ese lapso de tiempo se lo persuadió de que cambiara su relato. Se puede suponer que una combinación de amenazas, sobornos y apelaciones a su patriotismo lograron el fin deseado. Fue visto en las calles de Roswell varias veces durante su período de detención militar y sorprendió a sus viejos amigos al no saludarlos siquiera cuando se los cruzaba. 
La búsqueda de restos se amplió y, dos días más tarde, se encontró el elemento principal: el platillo volador y, a sólo 1.600 m de éste, los cadáveres de unos extraterrestres.

Desafortunadamente para los militares, en ese momento,  Barney Barnettingeniero civil que trabajaba para el gobierno federal, llegó de casualidad al lugar del accidente antes que las tropas. No solo Barney penetró al lugar, sino también un grupo de estudiantes y arqueólogos. Lo que ellos encontraron fue descrito en detalle por un amigo cercano de la familia Barnett, Vern Maltais, a quien Barnett le había confiado la historia. Según el amigo de la familia Barnett encontró un objeto metálico con forma de disco, de 7 a 9 metros de largo. Cerca de ahí, el ingeniero civil advirtió algunos cadáveres. Los describió como pequeños, tipo humanoide, de 1,2 m de alto con cabezas grandes y cuerpos delgados..



Reportaje emitido en Cuarto milenio, que analiza las posibles hipótesis del incidente en Roswell





Quedan dudas en la historia, sobre si el incidente de Roswell, se trató solo de la caída de un platillo o en realidad fueron más.
El platillo y cuerpo de seres extraterrestres que declaró ver Mac Brazel, son los mismos que describe más adelante Gerald Anderson.?
Acaso el verdadero Roswell, como dicen algunos ufólogos es el de San Agustin.?





El único testigo vivo del caso Roswell se llama Gerald Anderson . Cuando se le realizó la entrevista tenía 53 años. Vive en Springfield, Missouri, Estados Unidos. Durante cuarenta años se mantuvo en silencio por “miedo a las represalias” hasta que en 1989 decidió contar la increíble experiencia que había vivido junto a sus padres, su hermano, su tío y su primo. Su relato fue sometido a un detector de mentiras y a prueba regresiva bajo hipnosis. Nunca se contradijo . Hoy, después del video donde se mostró la autopista a un supuesto ET, su testimonio arroja nueva luz sobre el sonado caso. A pesar de un bloqueo coronario , y más allá de miedos , silencios y presiones, el recuerdo de Anderson prevalece sobre el olvido. Esta es su verdad...





                           Vi un ovni y cuatro extraterrestres”


El sol es un manto de fuego. El chico siente que el aire caliente le perfora la nariz y lo sofoca. Detesta este clima, aunque sus padres le habían dicho que ya pronto se acostumbraría. Hacía apenas un mes que su familia se había mudado a Alburquerque, Nuevo México. El clima y el entorno social eran mejores en el norte, donde había nacido y crecido, pero su padre era operador de maquinaria de precisión y soñaba con trabajar en Sandia Corporation, la prestigiosa instalación militar y nuclear de Nuevo México. Los ojos del chico ahora buscan sombra en algún dorado de la planicie, pero no la encuentra. 

 Escucha decir a su padre que apenas son las once de la mañana, pero que el calor debe andar ya por encima de los 45°. De pronto siente una sed irreprimible, pero decide callar. Sabe que no habrá nada que tomar hasta llegar al rancho de unos conocidos de su familia, que viven a treinta minutos en auto de allí. Primero intenta entretenerse tirándole piedrecillas a Glenn, su hermano mayor, o cruzando sonrisas de complicidad con su primo Víctor, también mayor y más travieso que él. Después, se dedicó a lo que realmente habían venido a hacer a ese remoto lugar llamado Planicies de San Agustín: buscar ágata musgosa, una atractiva piedra de colores que su hermano luego cambiaría por cigarrillos, asegurándole una propina. De pronto, sus ojos quedaron atrapados en un objeto que emitía reflejos de luz como a unos 100 metros de donde estaban.

Su padre y su hermano mayor también lo vieron, pero pensaron que provenía de alguna botella rota de vidrio en la que se reflejaba el Sol. A medida que se acercaban al lugar, la intensidad de la luz era mayor y ahora toda la familia se preguntaba que era lo que estaban viendo.

Cuarenta metros más adelante, Gerald (Jerry) Anderson, que entonces tenía cinco años y medio, vio algo que alguna vez imagino de forma similar en alguna revista de comics o de ciencia-ficción: “Nunca supe si mi sorpresa fue mayor que excitación (confiesa ahora sentado en el salón de su casa en Springfield, estado de Missouri). Lo único que sé, es que esa experiencia cambió para siempre mi vida y mis creencias”.

Hoy, a los 60 años el recuerdo de Anderson de ese incidente esta tan vivo como cuando era chico. Por su vida ya pasaron muchas cosas, buenas y malas: vivió 18 años contra su voluntad en Alburquerque, se mudó al norte, se casó y se divorcio, fue sheriff en un pequeño pueblo de Missouri, se volvió a casar. Ahora es director de seguridad en la universidad de Missouri, es un devoto de la iglesia Episcopal, y todo esto después de superar un terrible bloqueo coronario que casi le produce un infarto en noviembre de año pasado, siente que “nació de nuevo”. Sólo que lo que vio en Planicies aquel día lo marco para toda la vida. “Lo peor es que no podía contarle a nadie mi experiencia ni tampoco olvidarla. La llevé toda la vida simultáneamente como una cruz y un orgullo”, sigue.
Tiene sonrisa franca y mirada transparente. Cuando habla, su voz ronca, emitida desde casi dos metros de estatura, infunde respeto y seguridad. Siempre tuvo claro que su historia es única. Hoy, con sus familiares de entonces y otros protagonistas del incidente ya fallecidos, Gerald Anderson se levanta como el único testigo vivo del caso Roswell. Curiosamente, fue un accidente lo que motivo que su testimonio sea hoy conocido en todo el mundo: en 1989, tras ver en televisión el programa misterios de lo desconocido dedicado al incidente Roswell, Anderson decidió llamar al número que aparecía en pantalla, explicando quien era. Habían pasado poco menos de 45 años de aquel episodio. “Me di cuenta de que los protagonistas originales ya habían fallecido y los otros testimonios eran de segunda o tercera mano (comenta). Supuse que mi aporte podía ser muy útil para esclarecer la verdad”.
Anderson creyó que ya había llegado la hora de salir de la oscuridad y del silencio, de desafiar las amenazas gubernamentales, de contar la experiencia tal cual la había vivido, sin miedos, presiones ni tapujos. Su testimonio, que se transcribe a continuación, es único y revelador. Un documento histórico.
“El primero que dijo algo fue mi primo Víctor. ‘Allí hay algo raro’. Estábamos como a unos cien metros de un objeto plateado y circular que estaba como clavado en ángulo en la tierra. Alrededor del objeto había vegetación quemada, algunos arbustos que todavía ardían, dos o tres árboles que habían sido como cortados en dos, con el tronco aparentemente quemado en la parte superior. “Aquí se ha estrellado algo (dijo mi padre). No sé si es un dirigible o algo así”. En esos momentos, ya estábamos como a unos veinte metros del artefacto y allí fue cuando mi hermano gritó: “esto es una nave espacial... son marcianos”, entonces empezábamos a enloquecer, caminando, hablando entre nosotros y dando vueltas alrededor del disco. De pronto, sentí mucho miedo. Sobre todo cuando a vi tres criaturas tendidas en el suelo, junto al disco volador. Otra estaba sentada. Dos de los que estaban tirados, directamente no se movían. Tenían vendas por todos lados y uno llevaba el brazo vendado. Me acerqué a uno de ellos, que tenía una venda a la altura de la cintura y otra en el hombro.
El que estaba sentado se puso de pie y estaba como ayudando a los demás con estas vendas que digo. Uno de los que estaba justo al lado suyo respiraba entrecortadamente, de manera inusual. Era obvio que tenia mucho dolor. Los otros dos permanecían inmóviles. El único que se movía, como dije antes, era el que al principio estaba sentado y al vernos se asusto. Comenzó a retroceder, presa del pánico. Al principio mis familiares y yo solo emitíamos exclamaciones de sorpresa.
El más excitado era mi primo Víctor, que saltaba de un lado al otro, metiéndose por todas partes, entre confundido y temeroso. Mi hermano Glenn estaba mirando el disco y saco del paso a Víctor, quien estaba metiendo la cabeza por la grieta que la nave tenia al medio, para sentarse sobre la misma, con una pierna adentro y otra afuera del plato volador.
Glenn le pidió que no se acercara tanto, no fuera cosa que el disco explotara. Luego Glenn imitó a Víctor, subiéndose a la rajadura y sentándose al medio, con una pierna afuera y otra dentro del objeto. Yo estaba allí mirándolos.
Mientras tanto mi padre, y Ted estaban arrodillados al lado de la criatura que estaba viva y Ted trataba de hablarle en español. La criatura no le respondía. Cuando alguien se movía, la criatura se espantaba, retrocedía y levantaba sus manos al unísono, como temerosa de que le hicieran daño. Parecía estar bien aunque había un par de roturas en su uniforme. En cambio, sus compañeros estaban visiblemente heridos, y sus uniformes estaban destrozados. ¡Parecía que venían de una terrible guerra! Sin embargo, no vi nada que se pareciera a sangre. Lo que sí vi, era una caja de metal cerca del que estaba con vida, dentro de la que vi vendas como las que había sobre los cuerpos. Creo que era un botiquín de emergencias.
El que respiraba entrecortadamente parecía tener una pierna fracturada o algo así. Los demás no mostraban deformidades o algo parecido. Toque a una de las criaturas y no se movió. Por la manera en que tenia los ojos, como mirando al vacío, me pareció que estaba muerto. Recuerdo que cuando lo toque estaba muy frío. Me pregunté por que no había tapado los cuerpos de sus compañeros. Yo creo que cubrimos a nuestros muertos porque nos da miedo mirarlos. Pensé que esa costumbre tiene sentido aquí en la tierra pero quizá para ellos no.
En un momento pensé que eran muñecos. Había algo que no era real en ellos, aunque uno se movía y reaccionaba. Recuerdo haber puesto mi mano contra el disco y estaba frío, como si estuviera refrigerado. Como estábamos bajo el Sol ardiente, en medio de un desierto, supuse que debería estar caliente pero no!
¡Estaba muy frío! Como si fuera invierno y como si uno estuviera tocando un metal. El área adyacente a donde puse mi mano también estaba muy fría comparada con otras cercanas. En realidad, alrededor nuestro hacia mucho calor pero cerca del disco estaba muy frío”.

-¿Estaba usted muy cerca del extraterrestre vivo?

-Yo diría que poco menos de un metro. No me acerqué tanto como mi padre y mi tío. Ellos estaban agachados a su lado. En un momento, mi tío Ted tocó al que estaba vivo en el hombro, como tratando de consolarlo. A esa altura, la criatura ya no retrocedía con temor, con las manos en alto, como antes.

-¿Por qué fue usted detrás del disco?

-Porque mi hermano Glenn ya estaba allí. En realidad, quería saber que hacia mi hermano, quien estaba metiendo la cabeza tan adentro que hasta se lastimó la cara. También alcancé a ver lo que había adentro. Parecían como componentes eléctricos, electrónicos, de propulsión, que sé yo. Estaban todos conectados entre sí por cables que colgaban hacia fuera de la grieta. Algunos de ellos volaban al viento como si fueran colas de caballo, y tenían luces por todos lados, que también oscilaban y parpadeaban. Cuando la brisa las movía parecían ser de fuego.
 En el centro de la nave había algo así como jeroglíficos de color rojo, aunque como sellados sobre un fondo marrón. Algunas luces se apagaban y encendían, unas de color verde y otras de ámbar.

-¿Eran del mismo color de las luces que colgaban fuera de la grieta?

-Algunas eran de color rojo luminoso, otras brillantes pero más blancuzcas. Algunas, sobre todo las rojas, eran muy brillantes y con intensidad fluctuante, a veces realmente brillantes y otras difusas. Yo nunca llegué a meter tanto la cabeza dentro de la grieta como mi hermano Glenn, quien me dijo que hacia mucho frío allí.

-¿Cómo era de grande la grieta?

-Yo diría que de unos tres metros. Comenzaba casi desde la parte más baja del disco e iba casi hasta la cima de la bóveda superior. Estimo que debía tener alrededor de un metro de ancho. La grieta era elípticamente vertical, como un paréntesis gigantesco. La parte más ancha parecía ser hacia el centro. Lucía como si algo adentro hubiera explotado, abriéndola y doblando su material exterior, dejándole bordes muy afilados. También había un olor muy fuerte, parecido quizás al alcohol o algo así. Esto fue lo que motivó que mi padre le repitiera a mi hermano mayor que no fumara a riesgo de que explotara todo.

 Fue en ese momento que un grupo de cinco estudiantes universitarios y su profesor, el doctor Buskirk (no recuerdo su nombre de pila), se acercaron al lugar del hecho. Estaban realizando una excavación arqueológica a pocos kilómetros de allí, pero después de ver la noche anterior lo que creyeron era un meteorito que se había estrellado, se acercaron a inspeccionar el área. Al llegar y ver lo mismo que mis familiares y yo, sus reacciones fueron muy similares. Primero se sorprendieron y luego entraron en shock. Recuerdo que Buskirk le dijo a mi padre que él hablaba varios idiomas y trató de comunicarse con el extraterrestre pero sin éxito. Luego, Buskirk intento entenderse mediante signos, pero también fue en vano.

 -¿Qué pasó después?

Llegó el ejercito y empezó el terror. El que daba las órdenes era un pelirrojo de malos modales, mandón y omnipotente. Lo acompañaba un soldado negro que ejecutaba todo lo que su superior le pedía. Rodearon todo, apartándolos con la culata de sus fusiles y ordenando que no abriéramos la boca. En pocos minutos aquello parecía una invasión. A mi padre le dijeron que si hablábamos esto con alguien nos enterrarían vivos en el desierto. Como mi padre estaba a punto de entrar a trabajar en Sandia Corporation, pidió que hiciéramos caso: no quería ensuciar sus antecedentes. Yo dije que me moría de sed y me negaron agua. Nunca lo voy a olvidar.

 -¿Los echaron del lugar?

  -Nos ordenaron: “¡váyanse por allí, no miren para atrás y no abran la boca!”. Mientras nos íbamos en el auto, vimos cientos de soldados en camiones y a pie, y aviones que habían aterrizado en la ruta.

-¿Nunca habló de esto con nadie?

-Únicamente con mi hermano y cuando estábamos solos. A veces, mientras jugaba con mis amigos, también se me escapaba algo. Mi padre y Tío Ted siempre mantuvieron silencio, aunque me consta que cuando se retiró de Sandia, muchos años después del incidente, mi padre se lo contó a un amigo.


¿Alguna vez tuvo sueños o pesadillas con respecto a los ET?


Nunca

-¿Por qué dejó pasar tantos años para hablar?


Por temor a las amenazas y a que si contaba algo me tomarían por loco. Pero cuando vi en TV que otros testigos también habían salido al frente, opte por el mismo camino.



No busco fama ni dinero con todo esto. De hecho, después de mi problema coronario, me mudé y sólo unos pocos conocidos pueden localizarme. A esta entrevista accedí porque me lo pidió Staton Friedman, un investigador serio que respeto y admiro porque busca la verdad.






-¿Hay alguna corroboración científica de que usted dice la verdad?


-Ya me sometieron dos veces a un detector de mentiras. Además, el psicólogo norteamericano John Carpenter también me hipnotizó varias veces. El resultado fue invariablemente el mismo: mi experiencia existió y es auténtica. Mi relato no tiene contradicciones.
-Obviamente, usted cree que hay vida extraterrestre...
-¡Por supuesto! Hay que mirar detenidamente el cielo de noche para darse cuenta de que a la luz del Cosmos todo lo que parece crucial e importante en la Tierra, tiene menos significado y dimensión que la que le damos los terrestres.


Curiosamente, Anderson jamás volvió al lugar de los hechos hasta 1990, o sea 43 años después. Lo hizo como parte de una comitiva de investigación financiada por el empresario americano Robert Bigelow, junto al especialista Staton Friedman y el psicólogo John Carpenter, quien había realizado ya varias secciones de hipnosis regresivas con Anderson.


-Llegaron a las Planicies de San Agustín en helicóptero. “Anderson saltó tan pronto como tocamos tierra y corrió hacia el lugar donde recordó haber visto el plato volador incrustado y su tripulación de 4 ET (explica Friedman). Su excitación era inocultable y creaba una atmósfera de autenticidad, mientras nos llevaba de un lado al otro, señalando, gesticulando y repitiendo frases textuales de él y sus familiares aquel día”. 


Anderson recordó que en aquella época en ese lugar solo había planicies, caminos de barro, algún que otro rancho rústico y un molino de viento. En 1990 todo estaba igual, salvo el agregado, un tanto más al norte, de un grupo de 27 radiotelescopios llamados The very Large Array, que se extiende a lo largo de unos 20 kilómetros, configurándose conjuntamente en una “Y”, seguramente el radiotelescopio más grande del mundo. Después de observar las reacciones de Anderson en el lugar del hecho, el psicólogo resumió: “No hay fundamentos para dudar de su honestidad ni de sus motivaciones. Además, tanto en el relato que hizo “in situ” como en los previos que realizó bajo hipnosis durante un año no hay contradicciones. Estoy convencido de que dice la verdad tal cual la vio y la vivió”.

                       
                        El caso del funebrero
                       

En el verano de 1947, Glenn Dennis era un joven empleado de una casa funeraria de Roswell, Ballard Funeral Home, y contaba con la preparación técnica necesaria para desempeñar sus funciones. Esta empresa tenía un contrato con el Roswell Army Air Field (Campo Militar de Aviación Roswell) para suministrarle servicios mortuorios. Dennis manejaba el coche fúnebre y la ambulancia, tanto en entierros civiles como militares. En muchas ocasiones lo habían llamado para que ayudara a la recuperación de los cuerpos en aviones militares accidentados y para preparar luego su embarque a la base. Dennis estaba familiarizado con la base aérea y “podía ir donde quería”. Fue esta facilidad de acceso a instalaciones de alta seguridad lo que le permitió ver y escuchar más de lo que debía.
En agosto de 1989, Dennis fue entrevistado por Stanton Friedman en Lincoln, Nuevo México, donde era gerente de un hotel turístico. Aunque la entrevista debió realizarse en medio de la tumultuosa celebración del día de Billy the Kid, Dennis pudo de todos modos transmitir la emoción que todavía le causaba su involuntaria participación en el incidente de Corona. Más tarde, en otras entrevistas, agregó mayores detalles.
La fecha era 9 o 10 de julio de 1947. Glenn Dennis todavía no estaba enterado del descubrimiento de extraños restos en la hacienda Foster y no había escuchado nada sobre cuerpos de extraterrestres. Sí había recibido varios llamados telefónicos un poco desconcertantes del oficial encargado de la morgue en Roswell, que era más un administrador que un especialista técnico familiarizado con la manipulación de cadáveres (humanos o no). El oficial quería saber sobre “ataúdes herméticamente cerrados: ¿cuál es el más pequeño que se puede conseguir?”, según Dennis.



“Después quiso saber cuáles eran las soluciones químicas que estábamos usando para las tinas y todo eso. Me preguntó sobre la composición química de la sangre, la descomposición de los tejidos, y qué les pasaba a los tejidos cuando los cuerpos quedaban al sol varios días. Esto es lo que resulta tan interesante. Vea, es por eso que siento que había algo raro, porque no querían hacer nada que pudiera producir... un desequilibrio. Todo el tiempo decían: ‘Muy bien, ¿qué es lo que esto puede hacerle al sistema sanguíneo, a los tejidos?’. Después, cuando me informaron que los cuerpos habían estado en el medio del campo, a mediados de julio, quiero decir que iban a estar tan oscuros como su blazer azul, además de descompuestos, yo les sugerí que [usaran] hielo seco... yo he hecho eso un par de veces.
”Hablé con ellos cuatro o cinco veces en la tarde. Volvían a llamarme haciéndome diferentes preguntas con respecto al cuerpo. Lo que realmente querían saber era cómo mover esos cuerpos. No me dieron ninguna pista de que tenían los cuerpos o dónde estaban. Pero seguían hablando del tema, hasta que al fin les pregunté: ‘¿Qué aspecto tienen los cadáveres?’. Me contestaron: ‘No sé, pero le digo algo: esto pasó hace un tiempo’. Lo único que mencionaron es que habían estado expuestos a los elementos durante varios días.  ”Entiendo que esos cuerpos no estaban en el mismo lugar en que encontraron algunos de los otros. Dijeron que los cuerpos no estaban en el vehículo mismo; los cuerpos estaban separados de él por tres o cuatro kilómetros. Hablaron de tres cuerpos diferentes: dos de ellos mutilados y el tercero en condiciones bastante buenas.” Más tarde ese mismo día (alrededor de las 18 o 19 horas), Dennis llevó a un soldado levemente herido en un accidente a la enfermería de la base, que estaba en el mismo edificio que el hospital y la morgue. Acompañó al hombre al interior del hospital y luego volvió a subir a la ambulancia y rodeó el edificio para ver a una linda enfermera de la Fuerza Aérea que había conocido recientemente. Como de costumbre, estacionó junto a la rampa, al lado de varias antiguas ambulancias militares cuadradas, reliquias de la Segunda Guerra Mundial. Ahí fue cuando las cosas empezaron a ponerse espesas.
“Había dos policías militares parados allí, y yo me bajé y me dirigí a la entrada. No hubiera llegado tan lejos como llegué sí no hubiera estacionado en la zona de emergencia. Probablemente pensaron que venía a buscar a alguien. Las puertas de las ambulancias militares estaban abiertas y adentro había escombros. Un policía militar estaba a cada lado. Yo vi todos esos restos. No sé qué era, pero me di cuenta de que algo pasaba, ésa fue mi primera pista. Lo curioso es que en dos de esas ambulancias había unas piezas que parecían la mitad del fondo de una canoa. No parecía aluminio. ¿Vio cuando se calienta el acero inoxidable? ¿Cómo se pone medio púrpura y después de un tono azulado? (Glenn dijo más tarde que vio una fila de signos irreconocibles, de varios centímetros de altura, en los dispositivos metálicos). Sólo eché una ojeada y seguí mi camino.
”Cuando entré al edificio, noté una actividad inusual. En la sala había ‘pájaros grandes’ (oficiales de alto rango que no reconoció, aunque estaba familiarizado con todo el personal médico local) por todos lados. Estaban todos alterados. Empecé a caminar por el corredor como lo hago habitualmente y había dado unos pocos pasos cuando me paró un policía militar: quería saber quién diablos era yo, de dónde venía, qué estaba haciendo ahí. Le expliqué quién era. Evidentemente, él tuvo la impresión de que me habían llamado para algo. Como sea, me dejó pasar y yo seguí avanzando y fue entonces cuando me encontré con la enfermera: ella participaba de la cosa, estaba de guardia. Me dijo: ‘¿Cómo diablos entraste?’. Le contesté: ‘Como siempre’. Ella exclamó: ‘¡Dios mío, te van a matar!’, y yo: ‘¡No me pararon!’.
”Me acerqué a la máquina de gaseosas para buscar unas bebidas y ahí fue cuando ese coronel grandote, pelirrojo, aulló: ‘¡¿Pero qué está haciendo este hijo de puta aquí?!’.
Les hizo una seña a los PM y ¡ahí se armó! Los dos policías me agarraron de los brazos y me llevaron derechito afuera, hasta la ambulancia. Yo no caminé, ¡me cargaron! ¡Y me dijeron que me esfumara enseguida! (No sólo eso, sino que además, según Dennis, lo siguieron hasta la funeraria). Unas dos o tres horas más tarde, me llamaron y me dijeron: ‘Oiga, si abre la boca, ¡no cuenta el cuento!’. Yo simplemente me reí y les contesté que se fueran al infierno!” Eso fue lo último que escuchó Glenn Dennis de alguien en una posición oficial. No vio a la enfermera hasta el día siguiente; ella parecía muy perturbada. “Me llamó por teléfono y me dijo: ‘Si tenes tiempo, salí. Tengo que hablarte’.” Arreglaron para encontrarse en el club de oficiales para almorzar y, al verla, Dennis pensó que ella estaba al borde de una crisis nerviosa: ¡parecía tan cambiada! “Dios mío, no sé cómo entraste allí”, le dijo la enfermera. “Es espantoso lo que está pasando. ¡No me creerías!” Y Dennis explicó: “Ahí fue cuando ella me dijo que tenían unos cuerpos. Dijo que eran tres cuerpos pequeños; dos estaban muy mutilados, pero había uno en condiciones bastante buenas”.




                     La versión de la enfermera
                 

“Déjame mostrarte la diferencia entre nuestra anatomía y la de ellos. Realmente, parecían antiguos chinos: pequeños, frágiles, sin pelos, dijo ella. Y también que sus narices no sobresalían, que los ojos estaban muy hundidos y las orejas sólo pequeñas indentaciones. Dijo que la anatomía de los brazos era diferente: el brazo era más largo que el antebrazo. Y no tenían pulgares, sino cuatro diferentes... ella los llamó ‘tentáculos’, creo. No tenían uñas, entonces me describió esas cositas como ventosas en las puntas de los dedos. Le pregunté si eran hombres o mujeres, si sus órganos sexuales eran como los nuestros. Ella me dijo: ‘No, algunos no los tenían’. Lo primero que se descompone en un cadáver es el cerebro, y después los órganos sexuales, especialmente en las mujeres. Pero pensó que probablemente había sido algo... como que algunos animales... Porque algunos cuerpos estaban muy mutilados.
”Ella dijo que habían sacado los cuerpos de esas cápsulas (las que él había visto en la parte trasera de las ambulancias militares). No estaban en el sitio del accidente, sino a dos o tres kilómetros de éste. Dijo que parecía como si tuvieran sus pequeñas cabinas propias y que la porción inferior de los cuerpos, el abdomen y las piernas, estaba aplastada, pero que la parte superior no estaba tan mal. Me dijo que la cabeza era más grande, y que los ojos eran... diferentes.” La enfermera tomó entonces un block de recetas y dibujó unos esquemas de lo que le había descripto a Glenn Dennis. Le dio los dibujos, advirtiéndole que los mantuviera en secreto, y él los guardó cuidadosamente. En 1990, Dennis y Stanton Friedman revisaron los viejos archivos de la empresa funeraria, comprobando que todo el material del ex empleado había sido destruido varios años antes. Pero Glenn hizo un bosquejo de lo que podía recordar: “Hasta que congelaron esos cuerpos, el olor era tan insoportable que uno no podía acercarse a treinta metros de ellos sin sentir náuseas”. La enfermera había salido unos minutos de la habitación donde había estado asistiendo a dos médicos, para tomar un poco de aire, y ahí fue cuando se encontró con Dennis. Le explicó que incluso los médicos estaban mareados, y que el olor era tan fuerte que tuvieron que apagar el aire acondicionado para impedir que se propagara por todo el hospital. Pronto desistieron de continuar trabajando en tales condiciones y completaron la preparación de los cuerpos en un hangar.
Después de describir los extraños acontecimientos a Dennis, la enfermera parecía estar al borde de un colapso, de manera que él la llevó en coche hasta las barracas. Nunca la volvió a ver. Sus intentos en ese sentido tropezaron con toda clase de escollos. Primero le dijeron que estaba en otra ciudad, asistiendo a un seminario. Luego, que había sido transferida a Inglaterra. A Glenn le sorprendió que hubiera viajado sin llamarlo para despedirse. Su primera carta fue contestada por ella con la misteriosa promesa de explicarle todo más tarde, pero la segunda volvió con un sello inquietante: “Fallecida

Bueno amigos, espero que les haya gustado, y luego de leer la información, cada uno es libre de pensar y llegar a sus propias conclusiones.
La información sobre Roswell, es mucha , pero no toda me pareció con la seriedad suficiente, para volcar a mi blog.

 Roswell, continuará...






































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